Patricio Silva R.: «¿Cómo profundizar la libertad? La tarea de la socialdemocracia en tiempos de crisis sociopolítica»
Sep 05

Patricio Silva R.: «¿Cómo profundizar la libertad? La tarea de la socialdemocracia en tiempos de crisis sociopolítica»

Con frecuencia se ha sugerido que parte de los factores que influyen en los periodos de crisis política que, de tanto en tanto, afectan a nuestra sociedad, pueden tener relación con el deterioro de ciertos elementos capaces de contribuir a un debate público genuino, dotado de mayor profundidad y altura de miras. Ante esta realidad, al menos dos debiesen ser las labores de la socialdemocracia encarnada por aquellas organizaciones que se declaran adherentes a los valores liberales que en ella radican: por un lado, yace el deber autónomo que estas instituciones deben asumir —sean ellas casas de estudio o corporaciones de investigación— orientado tanto a producir y ampliar los niveles de acceso social al conocimiento, como también a nutrir con generación académica rigurosa el debate entre actores políticos; por otro lado, se encuentra la tarea de promover e impulsar el rol del Estado en materia de igualdad educativa, en tanto principal figura responsable de «emparejar la cancha» ante las desigualdades que hacen del modelo económico neoliberal un sistema competitivo imperfecto —pues no cabe considerar «libre» a una sociedad que aún falla en la tarea de procurarse mayores niveles de igualdad y solidaridad, ni tampoco a una ciudadanía desprovista de saberes que, no pocas veces, acaban circulando únicamente entre sus sectores más privilegiados—.

La hegemonía del neoliberalismo, cuyo anhelo ahonda en maximizar los grados de iniciativa individual, ampliando con ello el horizonte de libertades humano tanto en pos del emprendimiento privado, como de la libre competencia y la libre elección, ha sido desde sus orígenes en Chile un problema para quienes ven con ojos sospechosos tanto la idea de una libertad mercantilista, basada en el desarrollo económico, como también la posibilidad misma de una verdadera competencia, la cual sea realmente justa en sus principios. Y es que con mucha facilidad podemos preguntarnos si acaso compiten en igualdad y justicia miembros de grupos sociales cuyas posibilidades de acceso a una educación de calidad han sido radicalmente distintas. Del mismo modo, podemos poner en tela de juicio que diferentes grupos socioeconómicos puedan sentirse igualmente libres a la hora de elegir entre un servicio u otro (lo cual resulta aún más preocupante si, entre los bienes de cosumo, es ubicada la educación). Ante estos cuestionamientos, salta a la luz que las libertades pregonadas por el modelo neoliberal constituyen solo parte de una visión mucho más amplia a la hora de hablar sobre liberalismo, razón por la que urge ahondar en un análisis que permita nutrir otros campos de desarrollo para la libertad humana que a la luz de este modelo permanecen con frecuencia descuidados.

Se hace necesario entonces reconocer el valor que el acceso al conocimiento tiene a la hora de profundizar el más amplio desarrollo humano, siendo capaz de extender el abanico de libertad de las personas. Ciertamente, el Estado chileno ha cumplido y sigue cumpliendo en esta materia un rol garante, pues ya en el pasado ha ejecutado con éxito políticas públicas orientadas a mejorar los niveles de acceso a la educación, a la luz de un compromiso público sólido. Sin embargo, la hegemonía neoliberal impuesta durante la dictadura, y mantenida despues del retorno a la democracia, ha hecho siempre de esta una tarea ardua. Quienes han adherido con mayor ardor a la ideología del libre mercado, suelen advertir con dificultad que parte del desarrollo de la libertad de mujeres y hombres, hacia cuyo amplio anhelo aspira en particular el liberalismo socialdemócrata, requiere precisamente de una divulgación pública —jamás privatizable—, profunda y uniforme de los saberes que permiten a la ciudadanía convertirse en un actor político informado, capaz en su conjunto de contrastar con hechos verídicos voces que opinan y murmuran en los medios de comunicación, las cuales muchas veces emiten discursos cuya falsedad, sin sólidos saberes a la mano, puede pasar inadvertida para quienes que los escuchan. En este sentido vivimos día a día tiempos turbulentos, siendo ya conocido para la mayoría, y en particular para las generaciones más jóvenes, el neologismo «posverdad», concepto el cual engloba discursos orientados a persuadir a las masas mediante la distorsión deliberada y reiterativa de la realidad. Tal ejercicio no es nuevo si revisamos la historia del quehacer retórico a lo largo de la historia occidental, ya que con facilidad podemos acudir a la figura de un Sócrates platónico que combatió con ardor la figura de los sofistas, quienes se declaraban dispuestos a enseñar cualquier materia a quien quisiera que estuviese dispuesto a prestar dinero y oídos, a la vez que se proclamaban capaces de persuadir mejor que cualquier experto sin importar la especialidad sobre la cual se tratase. Lamentablemente, asistimos hoy a una época donde los discursos perniciosos no son solo atendidos por un pequeño grupo de inadvertidos, sino que poseen una profunda cabida global a través del vertiginoso mundo de las redes sociales. En efecto, si bien las redes sociales han parecido volver realidad la promesa de ofrecer un acceso lo más amplio posible a la información necesaria para alimentar un ejercicio político responsable, lo cierto es que tal ilusión es solo inicial. Pronto nos percatamos de que la carretera del internet es capaz de masificar tanto información como desinformación, quedando a criterio de cada uno de los usuarios qué y a quién creer. Lamentablemente, tal elección no depende únicamente del criterio ni menos del sentido común, sino que también yace en manos de los desiguales niveles de acceso a la educación, cuyas brechas, grandes aun, separan profundamente a nuestra sociedad. Aquí, nuevamente, no podemos hablar de libertad de elección sin un Estado que resguarde mínimas condiciones de igualdad para todos. Ciertamente, se trata de un contexto de crisis para el desarrollo de la libertad humana, pero se trata a la vez de un momento que debe desafiar y movilizar a la socialdemocracia.

En este sentido, debe ser tarea primordial de toda instución o centro de estudios comprometido con los valores y principios liberales volcarse hacia la generación y divulgación de saberes, en pos constituirse en un aporte social fundamental. Enriquecer la discusión política a nivel general, procurando ampliar no solo los niveles de acceso a la información, sino que también velando por alcanzar grados de comprensión que resten territorio a las instancias desinformativas, resulta una labor esencial en la tarea por ahondar la libertad de hombres y mujeres. Solo una ciudadanía nutrida gracias a una educación pública, gratuita y laica, puede procurarse a sí misma las herramientas para ser verdaderamente libre. En este sentido es que el Estado de Chile debe retomar los caminos del debate serio e informado, dando una imagen de rigurosidad a la ciudadanía en cuanto al tratamiento de los diversos temas nacionales e internacionales que hoy marcan la agenda y preocupación del país. Y si bien ya lo ha hecho en el pasado, con políticas públicas que desde el retorno a la democracia han logrado contribuir, con diversos grados de éxito, al combate contra la pobreza, a la mejora en el acceso a la salud, y al aumento en los niveles de acceso a la educación pública, tales logros en materia de políticas públicas no deben invitarnos más que a seguir mejorando. Urge que ciudadanía y Estado sean capaces de procurar un acceso igualitario a aquellos bienes que permitan a hombres y mujeres alcanzar mayores niveles de desarrollo humano. Impulsar tales esfuerzos, aún en tiempos de crisis, es la gran tarea que todavía hoy tiene la socialdemocracia.

 

Patricio Silva Rojas es médico especialista en salud pública por la Universidad de Chile y ex subsecretario de salud durante el gobierno del Presidente Patricio Aylwin

Actualmente es decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Central, y Presidente de la Corporación de Investigaciones Sociales (CISO)