Iván Witker: «Giros geopolíticos de Turquía»
Jul 25

Iván Witker: «Giros geopolíticos de Turquía»

La compra del sistema ruso de defensa y contraataque antiaéreo S-400, por parte de Turquía, amenaza con convertirse en uno de los dolores de cabeza más fuertes de la OTAN, y especialmente EEUU. Según el marco CAATSA (Acta sobre Sanciones a Adversarios, vigente desde 2017), Turquía no debería recibir 100 cazas F-35 de la Lockheed Martin, el más sofisticado avión occidental. Sin embargo, numerosas piezas son fabricadas por las empresas turcas TAI, Roketsan y Tusas. Menudo problema para la alianza.

Turquía es una potencia intermedia (82 millones de hab.), miembro de la OTAN y vital por su control de los Dardanelos y del mar de Mármara. No en vano, el geopolítico holandés, N. Spykman en su Geografía de la Paz la estimaba “anillo continental” (rimland). Su realineamiento desbalancearía cualquier situación.

Varias señales apuntaban a esta posibilidad. Los rusos ya construyen una central nuclear en Akkuyu (la primera en suelo turco) y un gigantesco gasoducto. Ankara y Moscú acordaron (2018) desmilitarizar una franja en Idlib, Siria, y evitar que el tema kurdo los friccione.

Para EE.UU. este problema es tecnológico. El sistema S-400, dotado de plena autonomía energética, puede detectar, dar alcance y destruir todo tipo de aeronaves a una velocidad Mach 12, lo que no logra el sistema estadounidense análogo (Patriot Pac2). Considerado una de las joyas de la corona por la industria militar de Putin, la intervención en Siria le sirvió para mostrarlo en combate, provocando sensación en círculos militares. Rápido fue adquirido por China, que incluso lo probó derribando satélites. Turquía y la India ofrecieron comprarlo. Irán, Grecia, Argelia y otros, adquirieron la versión anterior (S-300). Tras poner ambas versiones en el mercado, se concluye lo obvio: Rusia ya dispone del S-500 para necesidades propias.

Para Europa, el problema turco es cultural. Significa el fracaso del esfuerzo de Ankara, desde 1924, para formar un estado secular de estilo europeo, ajeno a las guerras religiosas prewestfalianas, donde los conflictos internos e internacionales se cruzan. Mustafà Kemal Atatürk introdujo el alfabeto latino, el calendario gregoriano, algunos códigos legales occidentales e incluso autorizó el voto de las mujeres y prohibió el sombrero musulmán fez.

Empero, Turquía no es reconocida políticamente como parte de Europa. Curioso. Estambul fue capital de la cultura europea (2010), sus equipos juegan en la UEFA y sus cantantes participan en Eurovisión. Pero, su deseo de ingresar a las instituciones comunitarias ha sido rechazado por un tema de “valores” y por falta de un estado de derecho en forma.

Visto desde Moscú, el giro turco podría ser un logro histórico de Putin. Para Rusia es vital mantener abierto el acceso a Sebastopol (su único puerto de aguas templadas) desde el Mediterráneo, sólo posible a través del Bósforo, controlado por Turquía.

En síntesis, el presidente Erdogan está poniendo fin a ese deseo insatisfecho de verse como europeo e iniciando un reposicionamiento como puente entre Europa, Asia y Rusia. Es un giro histórico, simbólico y con ribetes geopolíticos. ¿Cómo calza eso con su integración en la OTAN? Spykman no tendría respuesta.

 

Iván Witker es cientista político, investigador de la ANEPE y profesor de la Facultad de Gobierno de la Universidad Central de Chile

Artículo publicado en Realidad y Perspectivas, durante julio de 2019